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¿HAY NUEVOS ADICTOS? DIMENSIONES DE LA PREGUNTA
Presentaciones Congresos

Trabajo presentado en las 4tas Jornadas de la Nueva Cátedra de Psicopatología I y de Clínica de las Toxicomanías y el Alcoholismo, Facultad de Psicología UBA, 2016.
Lic. Benjamín Silva Palacios 

Introducción
Es moneda corriente escuchar en nuestro medio el uso del sintagma “nuevos adictos”, como una constatación de hecho. La introducción del término “nuevo” adjetivando una figura conocida por todos resulta problemática per se, dado que sitúa la categoría “adicto” en una relación de oposición con otro término, es decir, que por fuerza implica distinguir a los adictos “actuales” de los “antiguos”. De esta básica oposición, surgen algunas preguntas: ¿qué tan antiguos? ¿Los de hace 10, 20, 30 o 100 años atrás? En este sentido, los antiguos adictos, ¿forman un conjunto unitario? ¿Bajo qué criterio establecemos la diferencia entre unos y otros, es decir, qué rasgo tienen los de hoy, que no tenían los de ayer; o qué rasgo perdieron? ¿Qué tipo de rasgo es el que varió: uno esencial o uno accidental? Porque ante la novedad en el orden de los fenómenos de la psicopatología, resulta imprescindible al menos preguntarse si es pertinente seguir sosteniendo el uso de una categoría, o si es necesario nominar el nuevo orden de fenómenos con otra denominación.
Por otra parte, la cuestión de la novedad impulsa, a su vez, a esbozar alguna hipótesis sobre los momentos históricos de corte en que se crea el nuevo orden de adictos. Esto es, al desarrollo de la pregunta: ¿cuáles son las condiciones que hicieron posible la emergencia de lo nuevo? ¿Qué cambios en el mundo permiten entender esta novedad?
Resulta evidente que hay algo nuevo en la forma que adoptan los fenómenos adictivos, en relación a los de hace 100 años e incluso hace 25 años. Adicciones a internet o al smartphone eran impensadas cuando no existía este tipo de gadgets, es una obviedad. Ahora bien, lo que constata la clínica contemporánea es que cada vez más objetos de consumo devienen adictógenos, luego, más interesante sería preguntar qué suscita este aumento, ¿es meramente una variación estadística, o cambió la estructura del fenómeno; o ambas? 
Desde sus orígenes, el psicoanálisis no se ha limitado a describir hechos, sino que intenta desentrañar la causa que los determina y los efectos que producen en el ser hablante. La pregunta por los nuevos adictos debe anclarse en este punto de vista, que no es descriptivo sino lógico: no se trata de constatar existentes, como de dilucidar y formalizar la estructura subyacente a éstos.  
Sin pretender ser exhaustivo en dar respuesta a las cuestiones planteadas anteriormente, me interesa desarrollar algunos vectores que ordenen la discusión. Desde este punto de mira, la interrogante por los nuevos adictos puede ser abordada desde -al menos- tres dimensiones anudadas entre sí, que estructuran el fenómeno: el objeto, punto de referencia que nombra una práctica de goce, la adicción, a partir de la cual se crea un personaje, el adicto (1). Intentaré una breve presentación de estos ejes que nos permita recorrer la pregunta. 

La adicción 
La adicción como relación compulsiva entre un sujeto y un objeto de su cultura, existió siempre. Hay registros históricos de adicción en la Antigüedad, al café, el alcohol y el tabaco, pero solamente en relación con estas sustancias (Escohotado, 1998). Sin embargo, resulta interesante notar que las consecuencias de estas adicciones no presentaban la toxicidad que tienen las actuales. Un ejemplo de esta diferencia, que abordaremos más adelante, lo muestran los reportes de casos de adicción a lo que hoy son sustancias ilegales, que a fines del siglo XIX y comienzos del XX no lo eran, donde no aparecen asociadas ni la intoxicación por sobredosis ni la delincuencia (ibid, 1998). Cabe diferenciar el orden de las consecuencias de la adicción, en el que sí se registran variantes culturales, del orden de la adicción propiamente dicha, es decir, de su estructura, desde la perspectiva del psicoanálisis. 
En la carta 79 a Fliess, Freud (1897) establece: “Se me ha abierto la intelección de que la masturbación es el único gran hábito que cabe designar “adicción primordial”, y las otras adicciones sólo cobran vida como sustitutos y relevos de aquella (el alcoholismo, morfinismo, tabaquismo, etc.)” (p. 314). Conceptualizó la adicción como un sustituto de la masturbación, denominada adicción primordial. Si la masturbación es la forma primera de satisfacción sexual, y ésta tiene una estructura adictiva, habría que pensar entonces que algo de la relación compulsiva al objeto es inherente a la actividad pulsional. En este sentido, la pulsión funciona como una voluntad estructuralmente adictiva. 
Freud descubre la misma dinámica pulsional -repetición de la compulsión onanista- en la base de las drogodependencias y la manía por el juego, con lo cual el acento de lo adictivo está puesto en el tipo de satisfacción que la adicción procura, y no en el tipo de objeto al que se fija. Cabe preguntarse si esta dimensión opera del mismo modo en la época de Freud y en la nuestra. En otras palabras, ¿las adicciones siguen siendo definidas por la solidez de su fijación? 
    Más de 100 años después de la formulación freudiana, J.-A. Miller (2012) explica que “la adicción es la raíz del síntoma, que está hecho de la reiteración inextinguible del mismo Uno. Es el mismo, es decir precisamente no se adiciona. No tendremos jamás el “he bebido tres vasos por lo tanto es suficiente”, se bebe siempre el mismo vaso una vez más”. Aquí Miller, Lacan mediante, retoma la definición freudiana de la adicción como satisfacción autoerótica y la coloca en el fundamento mismo del síntoma. La adicción es, desde esta perspectiva, el hueso, el núcleo duro de goce, que no cesa de escribirse de manera salvaje, es decir, sin el Otro. Por ello, nunca es nueva, su estructura es siempre la misma, se trate del mismo vaso, la misma línea de coca o la misma apuesta. 
Si tiene algún sentido seguir operando en la clínica con la noción de adicción, es precisamente porque siguen apareciendo casos en que la relación del sujeto con un objeto está vectorizada por la iteración incesante de lo mismo, sin dialectización alguna con el campo del Otro: es este el rasgo esencial de la adicción, sin el cual no es posible denominar a un fenómeno bajo esta categoría. En relación a nuestra pregunta inicial, aceptar la existencia de nuevas adicciones, entendidas como raíz del síntoma, implica plantear que actualmente algo de esta estructura iterativa cambió. Esto se traduce, por ejemplo, en que lo que antes no cesaba de escribirse, ahora cesa. Pero, por definición, lo real/raíz del síntoma es invariante, en la vida de un sujeto y a través de la Historia. Parece más plausible sostener que lo que cambian no son las adicciones o el carácter salvaje e iterativo de la pulsión, sino los medios a través de los cuales ésta se satisface prescindiendo del Otro, sin mediación del trabajo de lo inconsciente.  

El objeto 
La asociación semántica entre los términos “adicción” y “droga” es relativamente reciente. En la Antigüedad, el adicctus no definía a un sujeto dependiente de un objeto, sino de otro sujeto en posición de amo; era el esclavo que caía en ese lugar a consecuencia de lo que adeudaba. Por su parte, pharmakon, etimología de droga, designaba meramente un tipo de objeto que podía ser a la vez remedio y veneno. La droga como causa de la adicción es una asociación moderna, del siglo XIX, derivada de la absorción de este campo -clásicamente en manos de la religión y el curanderismo - en el discurso científico (Escohotado, 1998). En ese momento histórico, droga y adicción quedan soldadas en una relación estable, cuasi holofrásica, particularmente visible en las nociones de toxico-manía y drogo-dependencia/droga-adicción. El nexo entre ambas reside en la naturaleza química del objeto, y el catálogo de las sustancias es sumamente limitado. Por su parte, las adicciones sin droga, como la ludopatía, son en aquel entonces, un fenómeno marginal y más bien asociado a una disposición moral: el vicio.  
Como ya se dijo, es evidente que hay nuevos objetos de satisfacción, mas, de ello no se desprende necesariamente que hay nuevos adictos. Tradicionalmente, era el objeto droga lo que definía el ser de quien lo consumía. Se hablaba -y se habla, aunque cada vez menos- de cocainómanos, heroinómanos, alcohólicos. Hasta la década de 1980 hubo una variedad limitada de objetos, y la noción de droga denominaba casi exclusivamente a las sustancias ilegales, pero a mediados de la década se produce un estallido de la noción de droga (Erhenberg, 1991), tras la inclusión del tabaco, el alcohol y los medicamentos en la epidemiología de la droga. 
Esta ampliación se traduce en un estrechamiento generalizado de las diferencias entre sustancias psicoactivas, convirtiendo a la droga en una nebulosa conceptual que incluye objetos de efectos diametralmente opuestos. Al ponerse en equivalencia los medicamentos, el café, la ayahuasca o la heroína, por nombrar algunas, se disuelve la noción de droga, pues su extensión es casi ilimitada. Se convierte en algo tan general, que designa sólo una malignidad química.  
Actualmente, se dice – con apoyo en la experiencia clínica – que todo puede ser objeto de adicción, sea o no una sustancia. La novedad en esta dimensión es permanente, ya que no sólo se sintetizan nuevas sustancias con nuevos efectos casi a diario, sino que también adquieren estatuto de drogas, objetos y actividades aparentemente inocuas, como el trabajo y las pantallas. En este sentido, hoy el objeto de adicción es metonimizado en un movimiento ilimitado. Vale la pena preguntarse si estos nuevos objetos de adicción heredan -por decirlo así- las propiedades que antaño portaba la droga, y que actualmente conservan las sustancias ilegales.

El adicto
Desde la orientación lacaniana se asumió hace años la premisa de que “el toxicómano -o el adicto- no existe”, esto quiere decir que no hay una estructura o entidad nosológica autónoma para las enfermedades del consumo, sino que estas se insertan dentro de los tipos clínicos clásicos, al modo de psicóticos, perversos y neuróticos adictos. No hay el universal “adicto” en las categorías lacanianas, como Lacan dijo que no hay LA mujer. Una asunción tal implica entonces que cada adicto es siempre un nuevo adicto, o que no hay nada más distinto a un adicto, que otro adicto (Naparstek, 2008). 
Si se quiere refinar el argumento: no hay adictos, sólo hay usos del tóxico. Nos referimos a lo que se ha denominado como la función del tóxico, en alusión a la particular relación que establece un sujeto con un objeto de la cultura. Esta indica “en cada caso un valor a determinar por la específica conexión entre las variables intervinientes y la constante de las condiciones de goce para ese sujeto, en precisas coordenadas espacio-temporales” (Sinatra, 1992, p. 31-2). La función del tóxico, como noción operativa en la experiencia clínica, desustancializa la categoría socio-psiquiátrica de adicto, esto es, obliga a dejar de adscribir una sustancia a un ser (el adicto), para precisar el lugar que ocupa en la economía libidinal de un sujeto singular. “Adicto” designa, para el psicoanálisis, una identificación o un modo de nombrarse, que petrifica el ser del sujeto en una estasis, y por lo mismo debe someterse al movimiento dialéctico del análisis.
Tanto los que se hacen llamar adictos como el Otro social, disienten con esta posición ética del psicoanálisis. Desde el Otro se hace existir al adicto como una subjetividad socialmente instituida, cuya denominación está tipificada, es objeto de predicación y de cuidados sociales, y a su vez brinda una identidad a los sujetos capaz de soportar el enunciado ontológico “yo soy adicto”. El adicto cobra existencia social por mor del personaje del adicto. Es una figura de menor variabilidad, pero sometida al devenir histórico. Su existencia data de hace no más de 160 años, cuando el consumidor compulsivo de sustancias deja de ser un agente moral y se transforma en alguien que padece una enfermedad incurable y que demanda un exorcismo público (Escohotado, 1998). Una vez instalada la figura del adicto en el escenario social, su imagen ha ido mutando de la mano de los grandes cambios que viera el siglo XX. 
Ehrenberg (1991) plantea que, hasta el fin de la segunda guerra mundial, el consumo de drogas era un fenómeno relativamente controlado y limitado a poblaciones específicas (médicos, artistas, etc.). Luego se masifica y se convierte en objeto de atención sostenida, tornándose paulatinamente en un “flagelo social”. Su instalación definitiva como “flagelo” corre aparejada del decaimiento de los movimientos sociales y de izquierda en los 70’, y de la profusión del consumo de heroína en las clases populares, sobre todo en la década del 80’. Es el momento de consolidación de la imagen del gran toxicómano, desocializado y decadente, la figura estereotípica del adicto que todos conocemos, ese que desde nuestra disciplina ha recibido el adjetivo de “cínico”, por no precisar de los semblantes del Otro para orientar su satisfacción. 
¿Podemos constatar variaciones actuales del personaje del adicto? A mi entender, es posible decir que hay aspectos de esa figura social que empiezan a desdibujarse lentamente. Como en todas las transiciones epocales, conviven vestigios del viejo orden y del nuevo; la caída del régimen paterno y el avance del discurso capitalista - procesos correlativos -, coexisten con formas tradicionales de distribución del poder, con el antiguo orden en los lazos y con prácticas económico-políticas pre modernas, sobre todo en nuestra Latinoamérica.
Desde que se instala la figura del policonsumidor, el adicto deja de definirse por su droga de elección -heroinómano y cocainómano, por ejemplo. Pero la verdadera explosión de la noción social de adicto viene empujada por la aparición epidémica de adicciones sin droga: al trabajo, al sexo, a internet, etc. Si la droga era el punto de referencia de la práctica adictiva y le aseguraba al sujeto una consistencia en el ser, la deslocalización de la causa, más allá de la sustancia, deja al personaje del adicto sin referente estable. Adicto pasa a ser meramente el nombre de un exceso; cualquier objeto puede causar una adicción, luego, adicto es aquel que se excede en relación al uso de un objeto. Sucede con “adicto” lo que sucedió con la noción de droga: tan general que no designa más que un empuje acéfalo. 
Me atrevo a pensar que la deslocalización del referente estable-droga induce una variante del personaje adicto en la cultura, no tan flagelado ni tan oscuro como el gran toxicómano. Consecuencia: el par adicción-segregación está cada vez más disjunto. Las granjas ya no se limitan a poblar la periferia urbana, pues se instalan en medio de la ciudad. El adicto ha pasado de ser anti héroe a héroe con pleno derecho (cfr. la serie Breaking Bad y todo el merchandising asociado a ésta). Es un personaje cada vez menos raro, cada vez más adaptado, cada vez menos criminalizado, cada vez más legal. Cada vez menos una figura fantasmal. Lejos de encarnar un fantasma de la marginalidad, aparece sentado en oficinas trabajando, vive en familia – incluso algunos consumen con sus hijos - y hace de un objeto o actividad cotidiana e inocua, el epicentro de su elección pulsional. El adicto de hoy no necesita transgredir, circula a plena luz del día y en todos los círculos posibles. Es cuestión de comparar cómo el cine figura a sus personajes adictos, buen reflejo de su existencia socialmente instituida. Personajes como los de Trainspotting van dejando lugar a los de Shame.       
En definitiva, si hay algo nuevo en la proliferación epidémica de adicciones sin droga, es el hecho de que las identificaciones con el personaje del adicto han dejado de cargar con el rasgo decadente y desocializado atribuible al toxicómano. Esto sin duda tiene consecuencias en los modos de presentación actuales del síntoma, aunque su raíz siga siendo la misma ahora y hace 100 años.
 
Referencias
Parafraseo la expresión de Hugo Freda en la 15ª clase del Seminario “El Otro que no existe…”, p. 307. En Miller, J.-A. & Laurent, E. (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética. Buenos Aires: Paidós.

Bibliografía
Ehrenberg, A. (1991). Individuos bajo influencia. Drogas, alcoholes, medicamentos psicotrópicos. Buenos Aires: Nueva Visión.
Escohotado, A. (1998). Historia general de las drogas. Madrid: Espasa Calpe.
Freud, S. (1897). Carta 79, en Fragmentos de la correspondencia con Fliess, Vol. I. Buenos Aires: Amorrortu ediciones.
Miller, J.-A. & Laurent, E. (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética. Buenos Aires: Paidós.
Miller, J.-A. (2012). Leer un síntoma, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis, n° 12. Buenos Aires: Publicaciones EOL.
Naparstek, F. (2008). Introducción a la clínica con toxicomanías y alcoholismo I, Buenos Aires: Grama ediciones.
Sinatra, E. (1992). Variantes del argumento ontológico en la modernidad. En E. Sinatra, D. Sillitti, & M. Tarrab (Comps.), Sujeto, goce y modernidad. Buenos Aires: Atuel. 

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